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Mes: enero 2018

Crítica | Wonderstruck – El museo de las maravillas

Todd Haynes, tras abordar con éxito dramas femeninos como ‘Lejos del cielo’ (2002) y ‘Carol’ (2015), presenta ahora un cuento infantil que se desdobla en dos hechizantes historias, ambas recorridas por profundas emociones y con una sobresaliente dirección artística, que van de menos a más hasta brindarnos un brillante tramo final.

Inicialmente nos lleva hasta 1977, a un pueblo de las montañas donde vive Ben, un chico afligido por la muerte de su madre. Tras su pérdida decide viajar hasta Nueva York con el fin de encontrar al padre que nunca conoció. Tal propósito tiene mucho que ver con el de una niña que hizo algo parecido 50 años atrás.

Desde el principio la puesta en escena denota un esmerado diseño de producción, especialmente cuando se adentra en las calles neoyorquinas en épocas bien diferentes. Además, de forma original y acertada, opta por la imagen en blanco y negro cuando la acción se sitúa en 1927 y por el color, con logradas texturas setenteras, para seguir las peripecias del pequeño huérfano.

No acaban ahí las virtudes del film puesto que, por distintas circunstancias, ambos protagonistas padecen sordera y ello se traduce en una meritoria narración, capaz de transmitir sus inquietudes y sentimientos bastándose de la notables interpretaciones de los jovencísimos actores (Oakes Fegley y Millicent Simmonds) y de la elocuente y omnipresente banda sonora de Cartel Burwell, un trabajo de composición especialmente meritorio.

Solo cabe reprochar a la película el dubitativo arranque de los relatos, pero, afortunadamente, no tardan en tomar entidad e ir introduciendo aspectos que despiertan la atención del espectador acerca del devenir de los personajes, a la par que va incrementando la dosis de emotividad contenida, rematada con un magnífico colofón.

Entre el resto del reparto encontramos a Julianne Moore por partida doble, quien da muestras de la talla actoral que atesora y arropa a sus prometedores compañeros, contribuyendo, si cabe, a mejorar las sensaciones que deja este largometraje realizado desde la ternura.

Ficha Técnica en IMDB.

Artículo publicado originalmente en: Críticas de Cine de Eduardo Casanova

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Crítica | Que baje dios y lo vea

Pese a partir de un original presupuesto argumental, esta producción nacional no aprovecha completamente su potencial y acaba deparando una comedia simplona para espectadores de risa fácil. Sus buenas intenciones se malogran en una historia que empieza con buen pie y acaba en los terrenos de la astracanada, recurriendo incluso al humor de sal gruesa.

San Teodosio es un monasterio en quiebra cuyas instalaciones están a punto de ser vendidas por la Iglesia. Sus inquilinos se resisten a marcharse y a que aquello se convierta en un complejo turístico, pero la única oportunidad para evitarlo consiste en ganar la llamada ‘Champium Clerum’, un torneo de fútbol solo para religiosos que otorga al campeón un prestigio mundial. El problema es que los seminaristas no son precisamente unos ases del balón.

El guion responde a la estructura de este tipo de relatos donde los protagonistas ponen lo mejor de sí para lograr un reto colectivo que parece imposible, resultando en ese sentido previsible, aunque, al tiempo hay que agradecer la agilidad y frescura con que transcurre, lo que no siempre es sinónimo de diversión de calidad.

Si sus comienzos son prometedores, gracias a las secuencias que sirven de introducción a los personajes y a la manera en que se enfrentan a la difícil empresa que tienen por delante, poco a poco va perdiendo chispa. Se fuerzan las situaciones o se exageran hasta caer en el ridículo o en alguna salida de tono. Además, pone en juego una subtrama romántica cuyos mimbres nunca acaban de tener la consistencia que se pretende. En esa línea llegamos a la esperada resolución que acaba de rizar el rizo con una sorpresa tan impensable como difícil de digerir.

Si su visionado se hace llevadero es por el carisma de varios de sus intérpretes, con mención destacada para Karra Elejalde y Juan Manuel Montilla ‘El Langui’, cuyos registros cómicos resultan la mejor baza del film. A ello hay que sumar la aportación de Alain Hernández, en un papel de cura moderno que aporta lecturas bastantes aprovechables.

Ficha Técnica en IMDB.

Artículo publicado originalmente en: Críticas de Cine de Eduardo Casanova

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Crítica | Molly’s Game

Una vida auténticamente de película depara este intenso largometraje, basado en el libro que recoge las memorias de su intrépida protagonista, que solo peca de un evidente exceso de metraje. Ello no quita para reconocer la capacidad de fascinación que ejerce esta singular mujer sobre el espectador desde los primeros instantes gracias a una personalidad cautivadora que se hace valer conduciendo con destreza la narración.

Molly Bloom estaba considerada como una de las mejores esquiadoras profesionales de Estados Unidos hasta que un accidente truncó su carrera en las pistas. Antes de estudiar Derecho decidió pasar un año sabático en Los Ángeles, donde, casualmente, conoció los entresijos de partidas de póker a las que acudían estrellas de cine y destacados empresarios. Poco tiempo después, ella misma comenzó a organizar las timbas más solicitadas de la ciudad; aunque tanto movimiento de dinero no pasó desapercibido.

La historia se estructura básicamente en dos vertientes: la relación entre esta singular empresaria con su abogado, después de que fuera acusada por el Estado de colaborar con mafiosos rusos y los recuerdos de lo que fue su ascenso vertiginoso. En ambos casos el interés va creciendo: en uno por conocer el devenir de la causa judicial y en el otro por ver como progresa esa burbuja de éxito arrolladora. A ello se van uniendo pequeños fragmentos que nos ilustran sobre la difícil relación con su padre, de quien se fue distanciando completamente; aprovecha así esté apartado para introducir notas emotivas que tienen especial relevancia en el tramo final.

Pese a una impecable factura técnica y un ritmo abrumador, hay que convenir que reitera innecesariamente situaciones intrascendentes o innecesarias como la apresurada y compleja explicación de las diferentes manos ganadoras del popular juego de naipes, alargando su duración hasta 140 minutos.

Jessica Chastain, como ya hiciera en ‘El caso Sloane’ (2016), vuelve a estar espléndida en un rol de elevada exigencia que resuelve de forma sobresaliente, empequeñeciendo a su compañero Idris Elba y dando justas réplicas a un notable Kevin Costner, que se luce en un rol secundario.

El dramaturgo y guionista Aaron Sorkin (‘La red social’, ‘El ala oeste de la Casa Blanca’) debuta con nota como director, si bien se ha gustado demasiado y no ha mirado el reloj.

Ficha Técnica en IMDB.

Artículo publicado originalmente en: Críticas de Cine de Eduardo Casanova

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Crítica: El Gran Showman

El sentido del espectáculo hollywoodense recorre esta producción musical que también sirve de homenaje a Phineas Taylor Barnum, figura clave en la concepción del circo tal como hoy lo conocemos. Basándose en este personaje y en el atractivo universo que llevó a los escenarios, el film aplica una fórmula perfecta para encandilar a todo tipo de públicos. A pesar de ello, la historia tiene sus puntos débiles, ya que hipoteca parte del potencial de sus argumentos en favor de unas formas visualmente llamativas que lucen con esplendor en los números de baile.

Tras una breve introducción sobre la dura infancia del protagonista, la acción nos lleva al momento en que quiebra la consignataria donde trabaja. Casado y padre de dos hijas, decide emprender un negocio de futuro incierto: un museo donde se exponen rarezas, situado en el centro de Nueva York. Pronto se dará cuenta que le falta vida y comenzará a contratar personas con habilidades y dotes singulares.

Lo que prácticamente comienza como un drama familiar marcado por los altibajos del nuevo negocio, poco a poco va adquiriendo entidad y ganando vistosidad. Así, sustentándose en una esmerada ambientación decimonónica, arriesga a introducir coreografías y canciones de aires muy actuales. El contraste funciona y en algunos instantes parece aproximarse a ‘Moulin Rouge’ (2001), aunque, en conjunto, no llega a alcanzar las excelencias de la obra de Baz Luhrmann.

No falta tampoco una subtrama romántica y la sucesión de adversidades con las que se pretende dar emoción e intensidad a la película, pero, a veces, da la sensación de que se precipitan en exceso; lo cual no es óbice para considerar que estamos ante un estreno recomendable, capaz de seducir a niños y a adultos, tanto como el propio show circense.

Hugh Jackman (‘Los Miserables’) completa una fenomenal interpretación, demostrando nuevamente lo bien que se mueve en estos menesteres y que no ha olvidado los comienzos de su carrera en el teatro. Su carisma e implicación son fundamentales para elevar la valoración de este largometraje. Le secunda otro actor que conoce bien este terreno como Zac Efron (‘High-School Musical’).

En el resto del reparto encontramos a la joven actriz y cantante Zendaya, además de la siempre eficaz Michelle Williams y de Rebecca Ferguson, que llena la pantalla cuando está ante la cámara. A ellos se une un elenco de secundarios irreprochables en sus pequeños papeles; pese a que unos y otros en general resultan superficiales y arquetípicos tal como los perfila el guion.

Ficha Técnica en IMDB.

Artículo publicado originalmente en: Críticas de Cine de Eduardo Casanova

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Crítica: Una Bolsa de Canicas

Entrañable, conmovedor y emocionante, resulta este drama basado en la odisea que vivieron dos niños en la Francia ocupada y que fue recogida en el best seller escrito por uno de ellos, Joseph Joffo, publicado en 1973. La historia, perfectamente trenzada, recorre diferentes estados de ánimo, sin decaer un solo instante ni perder el halo de frescura que la recorre. A diferencia de lo que se pudiera pensar en un principio, marca diferencias suficientes con otros títulos de trasfondo bélico que la hacen merecedora de una especial consideración.

La acción arranca en el invierno de 1942, en París, donde un matrimonio judío decide enviar a sus hijos a la llamada “zona libre” para evitar la deportación. Los más pequeños inician así una peligrosa aventura en la que tendrán que recorrer medio país para poner sus vidas a salvo, sorteando distintas adversidades mientras van presenciando los horrores de la guerra.

El film se contagia de la naturalidad y desenvoltura de los chicos y marca su camino hacia la pérdida de la inocencia, a la par que hace visibles la fuerza de los lazos fraternales que les vinculan. Sin esconder la tragedia, su escenificación queda matizada por el carácter de estos muchachos de buen corazón.

La narración fluye con encomiable agilidad, salpicada de momentos de elevada tensión y desenlace incierto y sorprendiendo por la manera de resolver situaciones muy delicadas. No obstante, tampoco renuncia a introducir ligeras notas de humor y resortes sensibleros vinculados al amor de los protagonistas hacia sus padres y hermanos, plenamente eficaces a la hora de ponernos el corazón en un puño.

Es determinante para el resultado que vemos en la pantalla, la notable realización de Christian Duguay, arropado por unos impecables apartados técnicos, entre los que sobresalen el diseño de la producción y la dirección de fotografía que, sin buscar la espectacularidad, cuidan los detalles precisos para dotar de luminosidad y realismo a las imágenes.

Los jóvenes actores debutantes, Dorian Le Clech y Batyste Fleurial, llevan a cabo un fenomenal trabajo, especialmente el primero de ellos y la complicidad artística entre ambos es completa, al punto de ensombrecer a los intérpretes adultos, donde encontramos a Patrick Bruel (‘El nombre’), Elza Zylberstein (‘Hace mucho que te quiero’) y Christian Clavier (‘Dios mío, ¿pero qué te hemos hecho?’).

Este estreno constituye una buena propuesta para comenzar el año cinematográfico.

Ficha Técnica en IMDB.

Artículo publicado originalmente en: Críticas de Cine de Eduardo Casanova

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Crítica: The Disaster Artist

Llama mucho la atención como esta producción, centrada en el rodaje de la que fue considerada una de las peores películas de la historia, ‘The Room’ (2003), presente a estas alturas un bagaje de premios tan importantes como la Concha de Oro del Festival de San Sebastián. Invita a pensar que también en el séptimo arte los extremos se tocan. Sin embargo, quien acuda a la sala atendiendo solo a esos datos podrá entrar plenamente en la propuesta y pasárselo pipa o quedarse en la perplejidad que provocan unos personajes caóticos y estrafalarios. Y es que si el cinéfilo apreciará lo que fueron los entresijos del film, es perfectamente asumible que otro tipo de público aproxime sus sensaciones a las del visionado de la incalificable cinta en que se basa.

A finales de los 90 Greg Sestero estudiaba interpretación en San Francisco. En la escuela entabló amistad con el bohemio y soñador Tommy Wiseau que nadaba en la abundancia. Éste, ante el rechazo que recibió de los grandes estudios cuando se trasladó a Los Angeles, decidió escribir, dirigir y protagonizar su propio largometraje financiado por él mismo. Su amigo estaría a su lado intentando evitar el desastre de una empresa condenada desde el infumable guion.

Lo que realmente habría de ser una recreación dramática de esta aventura fallida, se convierte, desde los primeros compases, en una crónica tronchante por los despropósitos que encadena el protagonista. El peculiar y extraño acento, sus ademanes y el hecho de que se creyese un pequeño dios en el plató, tiranizando a técnicos y actores, son decisivos en ese tono hilarante. No obstante, también se debe convenir que sobrepasada la mitad del metraje tiende a ser reiterativa.

Para quienes no conozcan nada del making off y del posterior e insólito estreno y sus consecuencias, el tramo final les sorprenderá especialmente y dice mucho de la, a veces, inexplicable naturaleza humana.

James Franco realiza una encomiable actuación, logrando un parecido completo con la figura que encarna, si bien mantiene el mismo registro desde el principio. Su hermano Dave no le va a la zaga y completa también un magnífico trabajo. A su alrededor van apareciendo rostros conocidos: Zac Efron, el cómico Seth Rogen, Alison Brie, y la veterana Jackie Weaver. Además, cuenta con breves intervenciones de Sharon Stone y Melanie Griffith.

Fundamentalmente, no deben perderse estreno quienes disfrutan con el cine dentro del cine; el resto que no se marque unas elevadas expectativas y simplemente se deje llevar.

Ficha Técnica en IMDB.

Artículo publicado originalmente en: Críticas de Cine de Eduardo Casanova

 

 

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