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Crítica: A Ghost Story

Tanto el título como el cartel de este estreno invitan a pensar, sin dudarlo, que se trata de otra película de terror sobre amenazadores espectros que atormentan a los vivos. Sin embargo, tal idea está bastante alejada de lo que realmente depara. Estamos ante un film, cuanto menos curioso, minimalista poético y tan misterioso e hipnótico como, en ocasiones, exasperante y aparentemente pretencioso.

Inicialmente nos presenta a una joven pareja muy enamorada, pese a que también soporta pequeñas desavenencias. Su día a día salta por los aires cuando él fallece en un accidente de tráfico. Poco después, el alma del difunto, con la forma de un fantasma, regresa a la casa para observar a su amada.

La narración opta desde el principio por un tono intimista, sin apenas diálogos y un ritmo sosegado, aspectos que enfatiza al tomar el punto de vista del silencioso espíritu que retorna al hogar. Es entonces cuando ese carácter contemplativo, con contrapuntos emotivos, impregna cada secuencia, aunque alguna se alargue innecesariamente.

Afortunadamente los parones están muy localizados y paulatinamente se va imponiendo una atmósfera tan serena como envolvente que consigue acercarnos a las inquietudes y a la contenida desolación del protagonista.

Desde esta perspectiva, el relato propone un marco que oscila entre lo paranormal y lo onírico para lanzar una reflexión sobre nuestra trascendencia. Ello, intencionadamente, se contrasta con el discurso de un personaje cuya verborrea y gestualidad afea el valor de lo que está diciendo sobre el carácter perecedero de todo cuanto existe, provocando al espectador e invitándole a posicionarse.

Salvo en las primeras escenas, poco se puede apreciar el trabajo actoral de los intérpretes principales: Rooney Mara y Casey Affleck, quien pasa la mayor parte del tiempo bajo una sabana. En cualquier caso, cuando comparten la pantalla consiguen trasladarnos la fuerza de los lazos afectivos que les unen. Por otro lado, se deja sentir la melódica y eficaz composición musical de David Lowery, cuya continua presencia llega incluso a resultar excesiva.

Desde luego, su visionado no se puede recomendar abiertamente ya que esta producción, de carácter “indie”, tiene mucho de atrevida y experimental, pero, en cualquier caso, no deben equivocarse los aficionados a las imágenes espeluznantes y a los escalofríos porque aquí no los van a encontrar.

Ficha técnica en IMDB.

Artículo publicado originalmente en: Críticas de Cine de Eduardo Casanova

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Crítica: American Assassin

La adaptación cinematográfica de la novela homónima de Vince Flynn, la primera de una saga de gran éxito editorial, depara un thriller de acción tan intenso como tópico, que va de más a menos. Poco o nada sorprenden sus argumentos y la manera de llevarlos a la pantalla, además, en comparación con otros títulos del género, el protagonista no genera mucha empatía.

La secuencia de apertura es la de mayor impacto por su crudeza y realismo; sin duda inspirada por lo ocurrido en Túnez en junio de 2015: en una playa de Ibiza, un comando terrorista irrumpe disparando a los bañistas. Un joven estadounidense, directamente afectado por la tragedia, se obsesionará desde ese momento con vengarse. Su preparación llamará la atención de la CIA y acabará entrando en un grupo de operaciones especiales al que se le encomienda una arriesgada misión.

Como suele ocurrir en estos casos, la historia transcurre por diferentes ciudades del mundo, aunque no se ha recurrido a los habituales espacios emblemáticos y populosos, sino que se diría que intencionadamente se ha optado por todo lo contrario, mermando su potencial visual.

A ello se suma que el relato, tras unos vibrantes compases iniciales, va cayendo en picado a medida que se acerca al nudo de la trama. Desde que los agentes comienzan a actuar para neutralizar sus objetivos, se suceden detalles inverosímiles, diálogos insustanciales y una intriga difícil de asumir tal como está planteada. Peor es aún la caracterización que se hace del malo de turno, cuyas motivaciones resultan absolutamente peregrinas e inconsistentes.

Para rizar el rizo, el tramo final es, en el fondo, previsible y en las formas precipitado y nada convincente, siquiera situándose en el terreno de la ficción absoluta.

Desde luego Dylan O’Brien (‘El corredor del laberinto’) no es un actor suficientemente maduro y carismático para llevar el peso de la película. Michael Keaton salva, con lo justo, su papel de tutor del novato del equipo. Tampoco convencen Saana Lathan ni la actriz de origen iraní Shiva Negar, pero muy por debajo queda aún Taylor Kitsch (‘John Carter’), en un rol mal perfilado desde el guion.

Estamos ante un estreno solo apto para los incondicionales menos exigentes del cine “palomitero”.

Ficha técnica en IMDB.

Artículo publicado originalmente en: Críticas de Cine de Eduardo Casanova

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Crítica: The Crucifixion

Basada en hechos reales, lo que podría haber sido una producción digna sobre posesiones y exorcismos, se queda en un film irregular y vulgar, que va perdiendo alicientes a medida que, de manera desafortunada, aplica recursos vistos hasta la saciedad, hasta caer en la mediocridad.

La propuesta, inicialmente despierta la atención con la impactante secuencia de apertura, en la que vemos a un sacerdote, acompañado de varias monjas, intentando exorcizar a una joven que acaba falleciendo. Tras este suceso que lleva a los religiosos a la cárcel, acusados de asesinato, una periodista neoyorquina se traslada hasta ese lugar, un pueblo cercano a Bucarest, para indagar sobre lo ocurrido.

De partida resulta difícil de asumir que estos acontecimientos puedan tener interés para los lectores de un periódico de Nueva York, al menos tanto como para desplazar a una reportera hasta Rumanía. No obstante, consigue enganchar en el arranque a través de las primeras pesquisas que realiza la joven protagonista sobre el terreno, acompañadas de algún sobresalto, lo que invita a intuir una progresiva mejoría de la intriga.

Sin embargo, conforme comienza a dar cabida a elementos paranormales y puramente terroríficos, esas expectativas decaen completamente. La mayoría de estos efectos se incorporan a golpes, buscando deliberadamente asustar al espectador con imágenes horripilantes que salpican la pantalla fugazmente, destapando la escasez de talento volcada en el guion.

Estas limitaciones quedan corroboradas según nos acercamos al desenlace, donde toman relevancia una serie de cuestiones personales ligadas a la investigadora y a su fe que provocan vergüenza ajena. Pronto, todos esos extremos se destapan como una burda excusa para poder llegar a la pretenciosa y fallida resolución de la historia.

Rodada en los mismos escenarios donde se produjo la misteriosa muerte en que se inspira la película, la ambientación y la fotografía salvan los apartados técnicos de este largometraje, cuyo reparto conforman actores poco conocidos. Sophie Cookson encabeza el elenco y lleva el peso de la cinta como buenamente puede, pero sin convencer.

El cineasta francés Xavier Gens ha encadenado dos estrenos el mismo año (éste y ‘La piel fría’), sin cosechar grandes reconocimientos en ninguno de ellos.

Ficha técnica en IMDB.

Artículo publicado originalmente en: Críticas de Cine de Eduardo Casanova

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Crítica: La batalla de los sexos

Sus elogiables interpretaciones y la cuidada ambientación setentera, unidas a unas gotas de suspense deportivo y drama personal, hacen de este título un estreno recomendable. La película constituye también el merecido homenaje a un grupo de mujeres que a mediados de aquella década arriesgaron sus flamantes carreras para hacer pública y visible la defensa de las ideas feministas.

El film lleva a la pantalla todo lo que aconteció en torno al partido de tenis que disputaron en 1973 la joven Billie Jean King, campeona de varios Grand Slam y el consagrado Bobby Riggs, en aquella época, con 55 años, ya retirado de las pistas, y conocido por hacer gala de un machismo recalcitrante.

Con buen tino, la historia se remonta más allá de los prolegómenos del mediático match y nos lleva al momento en que las mejores tenistas estadounidenses decidieron separarse del circuito profesional porque las remuneraciones que recibían eran irrisorias comparadas con las de los hombres. En ese marco desarrolla la justa reivindicación que abanderaron, al tiempo que se preocupa por caracterizar a su carismática líder, adentrándonos en las tribulaciones personales de esta estrella de la raqueta. Así, consigue construir una apreciable trama, de tintes emotivos y románticos y en la que se plantean dilemas de difícil solución en aquel contexto social.

Por otro lado, complementa el discurso central de la película con una vertiente cómica: la del veterano ganador del U.S. Open, adicto a las apuestas, fanfarrón y payaso por naturaleza que pone las gotas de humor precisas, pese a que su perfil resulte ciertamente caricaturesco.

La dirección artística y el vestuario se lucen en diferentes secuencias para meternos de llenos en aquel duelo que paralizó el país, porque se vio en él una autentica “batalla de sexos”, con mayor trascendencia de lo que aparentaba ser.

Por encima de todo, hay que destacar a su brillante reparto. Emma Stone (‘La La Land’) vuelve a estar enorme, dejando claro que es una de las mejores actrices de su generación. Steve Carrell demuestra moverse a la perfección en esos registros cómicos que domina tan bien. Junto a ellos, no pasan desapercibidas las intervenciones de Elisabeth Sue, Bill Pullman y de Sarah Silverman, entre otros.

Jonathan Dayton y Valerie Faris, los responsables de la premiada ‘Pequeña Miss Sunshine’ (2006), vuelven con un relato de tintes aparentemente muy americanos, pero con aportaciones de indudable proyección e interés histórico.

Ficha técnica en IMDB.

Artículo publicado originalmente en: Críticas de Cine de Eduardo Casanova

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Crítica: La gran enfermedad del amor

Judd Apatow está considerado como el artífice de la renovación de la comedia americana, ya sea ejerciendo de director o de productor. Aquí aparece, en letras grandes, en calidad de lo segundo, si bien hay que señalar que se aleja sensiblemente de sus títulos anteriores, recorridos por exagerados, aunque chispeantes, gags de sal gruesa. En esta ocasión, de la mano del realizador Michael Showalter (‘Hello, My Name Is Doris’), cambia la perspectiva y nos trae una historia de humor, amor y drama notablemente construida, eficaz en todos esos frentes y que minimiza las salidas de tono.

Centra la atención en dos jóvenes que se conocen durante un espectáculo de monólogos en Chicago. Lo que parece que va a ser un encuentro fugaz avanza hacia una relación más seria; a pesar de los inconvenientes que supone para él, un humorista pakistaní cuya familia solo acepta los compromisos con personas de su mismo origen y religión. Además, un imprevisto empeorará la situación.

Pese a que la estructura del film responde a los patrones del género y hace previsibles algunos detalles, es justo reconocer que sorprende constantemente con una sucesión de circunstancias inesperadas capaces de provocar la sonrisa o de tocar la fibra sensible. De esta manera consigue un resultado que puede llegar a cualquier tipo de público.

El guion evidencia la preocupación por caracterizar con detalle al elenco de personajes secundarios que pone en juego alrededor de los protagonistas, especialmente en lo que se refiere a los respectivos padres, convirtiéndolos en figuras esenciales para desarrollar la trama.

Para una propuesta de este cariz, podría estimarse un exceso, a priori, que prácticamente se extienda a dos horas de metraje, pero tal apreciación queda matizada por la agilidad narrativa con la que transcurre, de manera que al final sentimos que no falta ni sobra nada.

El actor y guionista Kumail Nanjiani, haciendo de sí mismo, convence en un rol inspirado en su propia vida. A su lado encontramos una actriz con un elegante encanto, que se prodiga acertadamente en este género: Zoe Kazan (‘Ruby Sparks’, ‘Amigos de más’). El resto del reparto cumple sobradamente, con nombres de peso como Holly Hunter, Ray Romano y Anupam Kher.

Ficha Técnica en IMDB.

Artículo publicado originalmente en: Críticas de Cine de Eduardo Casanova

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Crítica: Nuestra Vida en la Borgoña

Desde Francia llega esta entrañable película con aroma a vino, que se mueve con ligereza entre el drama y la comedia. Sin contar una gran historia, su visionado resulta agradable, a lo que contribuyen decisivamente los bellos paisajes en los que transcurre y la bondadosa y tierna caracterización de los personajes.

Cédric KlapischJean dejó la mansión familiar hace diez años para dar la vuelta al mundo. Asentado finalmente en Australia, decide regresar cuando su padre, un reputado viticultor con quien no se ha llevado bien, está a punto de morir. Tras el deceso del patriarca tendrá que acordar con sus hermanos el reparto de la herencia, que incluye varias hectáreas de viñedos; una cuestión difícil de resolver.

El relato evita ahondar en el conflicto de la partición, que surge puntualmente y siempre tamizado por los fuertes vínculos fraternales de los tres protagonistas. Prefiere, por el contrario, poner el acento en los recuerdos de la infancia, los problemas personales que cada uno de ellos tiene pendientes de resolver y en la manera en que se apoyan mutuamente, madurando al ritmo que pasan las estaciones y han de tomar decisiones trascendentales.

De esta forma, además de apostar continuamente por los sentimientos más auténticos y sinceros, va construyendo un homenaje a las raíces y al amor paternofilial, colocando en el centro a estos jóvenes y proyectándolo tanto a sus progenitores, a través de emotivos flashbacks, como a sus propios hijos. Consigue así componer una propuesta con la que es fácil empatizar, ya que cualquiera se puede sentir próximo a sus inquietudes. No obstante, el desenlace deja algunos cabos sueltos, causando la impresión que el argumento central en el que se apoya ese largo reencuentro era un mero pretexto para hablarnos de cosas más profundas.

Por otra parte, la realización rentabiliza perfectamente el entorno embriagador en que sitúa la acción; incorporando un canto a la cultura vinícola, centrada en la Borgoña pero extrapolable a otras regiones de países mediterráneos, aprovechando además este apartado, tanto para ofrecernos una fotografía deslumbrante como para introducir guiños irónicos sobre costumbres y principios asentados por la enología.

Pio Marmaï, Ana Girardot y François Civil consiguen hacer real la fuerza de los lazos que les unen, a quienes se suma, muy convincente, María Valverde.

Estamos ante un recomendable estreno que pasa por ser el trabajo más sobresaliente del director Cédric Klapisch (‘Una casa de locos’, ‘Las muñecas rusas’).

Ficha técnica en IMDB

Artículo publicado originalmente en: Críticas de Cine de Eduardo Casanova

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