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Títulos de Crédito Entradas

Critica | Black Panther

No es esta una producción estrella de Marvel, sin que sea indigna, pero después de haber tocado el cielo cinematográfico con la transposición de las aventuras de distintos superhéroes a la gran pantalla, sabe a poco. La parafernalia visual y las formas de un personaje atractivo tratan de compensar las carencias de la historia.

Los aficionados a este tipo de films recordarán que Black Panther se dio a conocer en ‘Capitán América: Civil War’ (2016), donde se hacía de notar a pesar de ocupar un rol secundario. Así que, como ha sucedido con otras figuras emblemáticas de esta factoría, estaba cantado que iba a tener una película propia que, en la línea de lo que suele ser habitual, nos ilustra sobre sus agitados orígenes. Sin poner en entredicho la fidelidad a los cómics, no acaba de convencer, especialmente en la primera parte.

La introducción al relato es confusa, aunque todo se resume en varios enfrentamientos tribales y familiares para hacerse con el trono de Wakanda, una pequeña nación africana que encubre su verdadero tesoro: el Vibranium. Con este mineral se pueden fabricar armas demoledoras y eso despierta la avidez de poder de quienes se creen con derecho a administrarlo. En ese contexto, el joven T’Challa, legítimo heredero del trono, tendrá que afrontar diferentes desafíos.

Los elementos que hacen diferente esta propuesta son sus mayores atractivos. El hecho de que en gran parte se desarrolle en parajes naturales, se aprovecha para componer secuencias de acción vistosas. En ese marco transcurre, no obstante, una trama tan llevadera como superficial y precipitada, sostenida con endebles argumentos. Tampoco las contadas notas de humor que salpican el metraje tienen mucha gracia, deparando simplemente un largometraje necesario para completar el universo ‘Vengadores’ y bastante discreto.

El reparto lo conforman mayoritariamente actores afroamericanos, con nombres de peso: Lupita Nyong’o (‘12 años de esclavitud’), Forest Whitaker y Angela Bassett. Sin embargo, es el actor principal, Chadwick Boseman, quien parece andar justo de carisma cuando se desprende del atuendo de ‘Pantera Negra’, lo mismo que Daniel Kaluuya, alejado de las buenas sensaciones que causó en ‘Déjame entrar’ (2017).

Ficha Técnica en IMDB.

Artículo publicado originalmente en: Críticas de Cine de Eduardo Casanova

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Crítica | La forma del Agua

Guillermo del Toro firma esta extraordinaria película en la que se conjugan los ingredientes característicos de su filmografía con la maestría de la premiada ‘El laberinto del fauno’ (2006), su otra gran obra. Estamos ante una historia que seduce desde los instantes iniciales, sea en clave de thriller o como un bonito cuento romántico. Nada falla en la puesta en escena y así logra meternos de lleno en unos escenarios que pronto ponen de manifiesto su relevancia.

La acción se sitúa en plena Guerra Fría y nos presenta a Elisa, una joven del servicio de limpieza de un centro de investigación del Gobierno. Sus relaciones sociales se han visto condicionadas por el hecho de ser muda, al punto de contar únicamente con la amistad de una compañera de trabajo y de su solitario vecino. Todo cambia cuando conoce al extraño ser que se custodia en el laboratorio: un humanoide anfibio.

Basta con escuchar los primeros compases de la deliciosa banda sonora compuesta por Alexandre Desplat y atender a la breve pero seductora introducción, mediante una voz en off, para engancharnos al relato que va a comenzar.

Esas altas expectativas que despierta su apertura se ven corroboradas de inmediato. Con encomiable agilidad, perfila adecuadamente a los protagonistas, dejando claro el lugar que ocupa cada uno y avanzando el sentido que tomará la trama. A poco que se piense, los argumentos que la sustentan, al margen de la fantasía de que esta imbuida, no son especialmente complejos y denotan cierta inspiración en obras clásicas, como ‘La bella y la bestia’. Precisamente ahí radica buena parte del mérito de esta producción, en darles una envoltura tan atractiva que nos mantiene atentos a la pantalla de principio a fin.

Su poesía visual, acicalada con moderadas notas de realismo mágico, proporcionan secuencias hechizantes, igual que vibrante, dramática y tensa resulta la intriga en otros momentos.

Los apartados técnicos son determinantes en las apreciables excelencias de la cinta. La dirección artística no solo nos traslada a los albores de los 60, sino que además escoge las localizaciones adecuadas. Sin aplicar recursos deslumbrantes, crea las atmósferas propicias y evidencia la minuciosidad con que se han tratado hasta los más mínimos detalles, a ello se suma la notable labor de vestuario y la fotografía, que le da a las imágenes un cierto aroma a cine negro de los 50, pese a ser en color.

Sally Hawkins, que ya había ido dejando excelentes muestras de su elevada talla interpretativa en títulos como ‘Happy, un cuento sobre la felicidad’ (2008), ‘Blue Jasmine’ (2013) y ‘Maudie, el color de la vida’ (2016), borda este papel e irradia ternura, delicadeza y buenos sentimientos. El resto del plantel brilla prácticamente a la misma altura: Richard Jenkins está sobresaliente en un rol lleno de matices; Octavia Spencer se aproxima mucho a su personaje de ‘Criadas y señoras’ (2011), que le valió el Óscar a la mejor actriz secundaria y Michael Shannon encarna al necesario villano con rotundidad y convicción, sin caer en los excesos. A ellos se une el imprescindible Michael Stuhlbarg; mientras que a Doug Jones lo intuimos tras la ceñida piel de ese singular espécimen que parece descendiente de la criatura de ‘La mujer y el monstruo’ (1954).

Otro estreno recomendable que se incorpora a una cartelera pletórica de ofertas irresistibles en estos días.

Ficha Técnica en IMDB.

Artículo publicado originalmente en: Críticas de Cine de Eduardo Casanova

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Crítica | The Florida proyect

La original propuesta de esta producción de aires independientes tiene el don de atraer la atención con una historia fútil y ligera que solo alcanza a adquirir una entidad bien estructurada en su último tramo.

La cámara nos lleva, de la mano de las correrías de unos niños, al corazón de un edificio de apartamentos que parece estar en mitad de ninguna parte; un motel de Orlando cercano a Disney World en el que viven personas muy humildes. En ese marco se centra inicialmente en seguir a estos chicos, auténticos diablillos deslenguados, que alternan juegos con travesuras durante sus vacaciones estivales. No obstante, poco a poco va abriendo la perspectiva a la triste realidad que soportan sus mayores hasta resultar elocuentemente dramática.

La frescura que irradia la película llega por la desenvoltura de los pequeños, en quienes contrasta su precocidad, el inconsciente gamberrismo y la mala educación con detalles que en ocasiones les hacen ser graciosos y entrañables. Sin embargo, con loable habilidad, el relato va desviando la mirada, cada vez más, hacia los adultos y concretamente a las familias rotas, madres solteras y jóvenes, con pocos o nulos ingresos, que tratan de salir adelante cada día. Así, casi sin darnos cuenta, desemboca en situaciones desgarradoras, agrias y duras, para rematar de forma contundente, aunque matizando la secuencia de cierre para dejar sensaciones agridulces.

Entre todos se hace de valer la figura del conserje, otra de las genialidades del film, al que el guion deja sabiamente en un aparente rol secundario, a la vez que le imprime cierta sensación de omnipresencia. Este tipo con aires paternalistas, nunca reconocido por los huéspedes, antes al contrario, es como un guardián que vela por ellos; un rol extraordinariamente interpretado por Willem Dafoe, poco habitual en estos registros, que justifica sobradamente su nominación al Óscar.

El otro punto fuerte, sin duda, pasa por el desparpajo de Brooklyn Prince, a sus 7 años (alguno menos en el rodaje) se muestra desbordante y acumula ya varios galardones bien merecidos. Aquí hace dudar al espectador sobre si realmente está actuando o es ella misma. En cualquier caso, resulta imposible no quedarse boquiabierto y difícil reprimir las ganas de aplaudirle cuando acaba la proyección, aunque su personaje no sea precisamente un ejemplo. Finalmente, también es digna de mención la participación Bria Vinaite, la actriz de origen lituano debuta con honores en la gran pantalla bajo la dirección de Sean Barker.

Desde luego no estamos ante un estreno comercial recomendable abiertamente, pero cualquier aficionado al cine indie lo apreciará en su justa medida.

Ficha Técnica en IMDB.

Artículo publicado originalmente en: Críticas de Cine de Eduardo Casanova

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Crítica | 50 Sombras liberadas

Lo mejor que se puede decir de la tercera entrega de esta trilogía es que pone fin a las infumables adaptaciones a la gran pantalla de las novelas de Erika Leonard James. Esta vez los liberados son los espectadores o cuanto menos quienes por obligación hemos tenido que soportar estas cintas, tan prometedoras al principio como decepcionantes y empalagosas al final. Ahora, hasta que algún iluminado de Hollywood, probablemente en convivencia con la autora, nos traiga una precuela, secuela, remake o similar (“poderoso caballero es don Dinero”) podemos relajarnos sin necesidad de meternos en ninguna habitación roja.

Hubiera sido milagroso que el remate de la serie cinematográfica superase a sus antecesoras y eso que en los instantes iniciales apunta buenas maneras. Deja entrever que va a desarrollar un thriller consistente y que los sofisticados encuentros sexuales entre los protagonistas serán simplemente un acompañamiento necesario. Desgraciadamente pronto nos percatamos de que solo era un señuelo porque sucede justamente lo contrario.

En esta ocasión la historia se abre con la boda de Christian y Anastasia, para pasar rápidamente a la luna de miel por Europa, interrumpida a causa del robo perpetrado en la sede corporativa de Grey, que les obliga a regresar. Al parecer, detrás de esa acción esta el editor al que despidió tras acosar a quien ahora es su esposa.

Se deben aguantar 70 minutos de metraje para que el film retome, con un mínimo de entidad, la trama de suspense que ha ido introduciendo de forma deslavazada entre las ridículas o hilarantes, según se mire, escenas eróticas. En estas secuencias se amaga con subir el tono respecto a las de películas precedentes, pero igualmente no se libran del efecto gaseosa y se desbravan de inmediato entre canciones de fondo metidas con calzador.

Los actores siguen en la línea de las anteriores y poco se aprecia su contribución en un relato condenado por el guion desde el inicio, aunque Dakota Johnson sigue superando a Jamie Dornan. La interpretación de Eric Johnson, encarnando a un tipo supuestamente tan inteligente como frustrado, que se ha desequilibrado completamente, es de chiste, lo mismo que el personaje.

Desde luego, las sombras se agigantan hasta extremos insospechados con este birrioso desenlace, oscurecidas en mayor medida con el epílogo que aparece tras los primeros créditos.

Ficha Técnica en IMDB.

Artículo publicado originalmente en: Críticas de Cine de Eduardo Casanova

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Crítica | Ganar al viento

Tan conmovedor como vitalista resulta ese documental, que igual toca la fibra sensible y pone un nudo en la garganta, que provoca la sonrisa del público ante la espontaneidad y franqueza de los pequeños en quienes centra su mirada.

Cinco niños, de entre seis y nueve años, son los protagonistas de esta emotiva producción. Cada uno de ellos padece una enfermedad de las llamadas raras, de difícil curación y que condena a los enfermos a un fatal desenlace antes o después. Con este triste presupuesto argumental, choca que el desparpajo y las distintas maneras de disfrutar de estos chicos, con las limitaciones propias de su estado de salud, logren transmitir sensaciones bien diferentes a las que cabría esperar.

Sus testimonios, sinceros, naturales y mucho más maduros de lo que corresponde a la edad que tienen, están tratados con delicadeza y hacen reflexionar sobre temas que nos alcanzan a todos: valorar los instantes de felicidad y el bienestar cotidiano, el amor de quienes nos rodean, relativizar los pesares y desterrar el miedo a la inevitable muerte, subrayando lo importante que es como se vive y no tanto cuanto se vive son mensajes muy presentes en el film.

No obstante, hay que reconocer que encontramos secuencias duras, ante las que es imposible no emocionarse a pesar de los matices de verdad y optimismo que surgen de forma imprevista; especialmente a medida que los vamos conociendo y encariñando con ellos desde la distancia.

A estos actores reales indudablemente las cámaras les quieren, porque son capaces de proyectar sus palabras con rotundidad, traspasando la pantalla con la fuerza y convicción que les gustaría tener a algunos profesionales.

La debutante directora, Anne-Dauphine Julliand, es también benevolente y acaba la película cuando procede, sin intentar llevar las cosas a terrenos intencionadamente lacrimógenos o excesivamente dramáticos. Ella misma conoce bien lo que nos está contando puesto que perdió a dos hijas que pasaron por este trance. Pese a ser su ópera prima, tras sus reconocimientos como periodista y escritora, demuestra un loable conocimiento del lenguaje cinematográfico que le hacen merecedora de los mayores elogios.

Ficha Técnica en IMDB.

Artículo publicado originalmente en: Críticas de Cine de Eduardo Casanova

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Crítica | 15:17 Tren a París

No es una película detestable, pero Clint Eastwood nos ha malacostumbrado a deleitarnos con unas obras sobresalientes y en esta ocasión, al quedarse en el aprobado discreto, decepciona.

En la línea de sus últimos éxitos, vuelve a llevar a la gran pantalla una historia real, con detalles patrioteros, que gira alrededor de un suceso reciente, recreado de forma estremecedora y angustiosa. Sin embargo, flojea al construir desde ese incidente un film convincente sobre quienes se vieron implicados en él, lo que no quita para reconocer lo arriesgado del proyecto.

Ya la introducción adelanta cual es su referencia: el ataque terrorista frustrado que tuvo lugar el 21 de agosto de 2015 en un tren que hacía el trayecto Amsterdam-París, donde tres estadounidenses se jugaron la vida al enfrentarse a un hombre fuertemente armado, dispuesto a cometer una escabechina.

Con ese hecho como destino, se retrotrae, en primer lugar, a la infancia de los protagonistas, ilustrándonos sobre la manera en que se forjó la amistad entre ellos en un estricto colegio católico, en el que tenían fama de rebeldes y mostrando su afición a los juegos de guerra. Este tramo funciona aunque no contenga demasiados alicientes; incluso cuando da un salto temporal y nos acerca a las inquietudes de estos jóvenes a la hora de hacer realidad sus vocaciones, genera cierto interés, pero a partir de ahí decae completamente.

La reunión de estos amigos, algunos años después, para viajar por diferentes capitales de Europa, da pie a una narración sosa, rutinaria y desangelada. No tiene ritmo y eterniza la llegada al esperado clímax. Afortunadamente, cuando llega la parte final nos reencontramos con la buena versión del reputado cineasta. La puesta en escena de lo que ocurrió en el vagón de pasajeros durante varios minutos, que debieron ser eternos para los que estaban allí, pone los pelos de punta al tiempo que emociona, sacando su lado más humano. No se puede decir lo mismo del alargado epílogo apoyado en imágenes de archivo.

El trío de tan heroica acción lo componían los militares Spencer Stone y Alek Skarlatos, y su colega Anthony Sadler, que se interpretan a sí mismos. Pese a evidenciar que no son actores, mejor que peor, salen airosos del reto y poco se les puede achacar al irregular resultado que depara este estreno. Además, las participaciones de Judy Greer y Jenna Fischer le confieren algo de consistencia al tramo inicial de la cinta.

Ficha Técnica en IMDB.

Artículo publicado originalmente en: Críticas de Cine de Eduardo Casanova

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