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Crítica: La Librería

De la mano de Isabel Coixet llega a la cartelera la adaptación de la novela homónima de Penélope Fitzgerald. El resultado es una película delicada y hermosa; un relato de emociones contenidas y a la vez, un retrato inteligente y mordaz de la hipocresía social en una pequeña comunidad de los años 50, que sigue siendo de plena actualidad.

Florence Green es una mujer resuelta y de buen corazón que no puede olvidar a su marido, fallecido en la guerra, con quien compartía la pasión por la lectura. Para recuperar las ilusiones perdidas proyecta abrir una librería en el pequeño pueblo en el que vive, pero su sueño chocará con los caprichosos intereses de la mujer más rica de la zona.

La historia transcurre de forma lineal pero sin atascarse en ningún momento. La presentación de los diferentes personajes que intervienen en la trama se realiza a fuego lento, con sutileza y acompañada de los detalles que les confieren la rotunda personalidad que esconden bajo su fachada. En ese microuniverso encontramos seres afables y bondadosos, como la protagonista; otros rudos y simples; los hay, por supuesto, prepotentes y manipuladores y hasta algún tipo inteligente que ha decidido vivir lejos del mundanal ruido. Así, logra dibujar un cuadro bien reconocible a poco que se mire alrededor, donde el guion consigue asignar a cada participante un papel esencial.

Tras completar esta fase, centra adecuadamente su argumento: el choque entre, por un lado, el pensamiento idealista y bienintencionado, en este caso en pro de la cultura, y los propósitos arbitrarios y tiránicos, por otro. Tal confrontación, además de mostrarse sin estridencias destacables, se acompaña del esbozo de un romance imposible, escenificado con detalles de indudable calado emotivo vinculados a las afinidades afectivas y a la melancolía de la soledad.

La producción también se beneficia de las excelencias técnicas que evidencian las imágenes: desde la atrayente selección de escenarios a la fotografía que los lleva a la pantalla, pasando por el vestuario y la notable ambientación que se aprecia en cada secuencia.

Emily Mortimer le pone encanto y dulzura a su papel y acaba por ablandar y seducir al espectador casi sin quererlo. Patricia Clarkson tira de experiencia para componer un carácter repulsivo, mientras que Bill Nighy está extraordinario en su rol de misántropo a la fuerza; sin olvidar el desparpajo de la jovencísima Honor Kneafseay.

Sería mucho decir que es lo mejor de la directora si atendemos a su extensa y granada filmografía, pero si lo circunscribimos a los últimos trabajos, desde luego que sí.

Ficha técnica IMDB.

Artículo publicado originalmente en: Críticas de Cine de Eduardo Casanov

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