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Crítica: Una Razón para Vivir

El biopic de Robin Cavendish se recrea en la gran pantalla como una historia dramática y de autosuperación, atemperada por momentos hermosos y románticos, a la que no obstante le faltan alicientes. Aun así se ha de convenir que consigue un resultado digno gracias a la factura técnica, sobresaliente en los diferentes apartados y a unas interpretaciones comprometidas del elenco al completo.

Los preámbulos, que se remontan a finales de los años 50, están imbuidos de belleza y sensibilidad, al presentar al protagonista como un joven emprendedor y aventurero con negocios en África, a la par que de forma muy ágil comprime con elocuencia el intenso romance con quien se convertirá en su esposa. Este tono tan idílico y cautivador se rompe cuando le diagnostican poliomielitis y queda postrado en una cama, conectado a un respirador y sin posibilidad de mover más que los músculos faciales.

A partir de ahí la narración va concatenando situaciones duras y emotivas con otras que abren la puerta a la esperanza de mejorar su calidad de vida, aligerando la tensión al dar paso al ingenioso mecanismo móvil que le hizo llevadero el día a día, absolutamente novedoso en aquellos tiempos. Se transforma, pues, en un relato de lucha y determinación y de amor verdadero, el de su mujer. Ello no es óbice para adornarse puntualmente con agradecidos toques de humor, además de aportar detalles históricos de interés que marcaron una evolución en el tratamiento de este tipo de pacientes.

A pesar de contar con esos elementos en su favor, también procede señalar que se percibe una intención abierta de provocar las lágrimas del público enfatizando y alargando las escenas familiares especialmente delicadas, lo que se hace bien perceptible en el último tramo de metraje.

Por otra parte, se ha de reconocer el excelente diseño de producción, patente en las localizaciones y en la fotografía que las capta en todo su esplendor, consiguiendo unas atrayentes imágenes a las que acompaña el lirismo que domina la banda sonora.

Andrew Garfield, tras ‘Hasta el último hombre’, se postula como un valor seguro con una actuación notabilísima. No le pierde la cara la actriz británica Claire Foy, que constituye un grato descubrimiento, mientra que Tom Hollander se multiplica por dos en un papel ligero que se presta a la comicidad.

Ficha técnica en IMDB.

Artículo publicado originalmente en: Críticas de Cine de Eduardo Casanova

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