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Mes: diciembre 2017

Crítica: La Cena

“Para este viaje no hacían falta tantas alforjas” es un refrán perfectamente aplicable a esta incómoda e irritante película que se pierde entre varias subtramas, diluyendo el único conflicto interesante que plantea. La adaptación de la novela homónima de Herman Koch, que ya ha tenido otras dos discretas adaptaciones a la gran pantalla, se proyecta con dispersión y arranca con una narración sesgada, provocando desconcierto en lugar de generar interés por aquello que oculta durante la primera parte del metraje.

Un congresista, candidato a gobernador y su arisco hermano menor, que parece estar enfadado con el mundo, se reúnen, acompañados de sus respectivas esposas, en uno de los restaurantes más lujosos de la ciudad. El verdadero motivo de la cena es abordar un delicado problema familiar que les afecta a ellos y a sus respectivos hijos adolescentes.

El discurso nunca acaba de centrarse y va dando bandazos, introduciendo flahsbacks que nos muestran de forma aleatoria la cara amarga de los personajes, acercándonos a sus problemas y desequilibrios, o bien sacándolos continuamente del comedor con cualquier pretexto, lo que dificulta el adecuado seguimiento del relato. La cosa no prospera mucho cuando están los cuatro sentados alrededor de la mesa porque entonces acaparan la atención discusiones y reproches cuyas razones tardamos en conocer en unos casos, mientras que en otros quedan definitivamente difusas.

Cuando, por fin, la intriga adquiere un mínimo de consistencia, salen a la luz dilemas morales y sociales de calado y proyección que se prestan a un tratamiento más determinante y a trasladar al espectador esos mismos bretes si se viera en la situación de los protagonistas. Sin embargo, su resolución aturrullada y nada clarificadora impide que así sea, desaprovechando el potencial de su argumento principal.

Nada se puede reprochar a los actores, a quienes se les ven plenamente implicados, sacando lo mejor de sí en el marco de un guion desafortunado y difícil de digerir. Especial mención merece el esfuerzo de Steve Coogan para meterse en un papel exigente; pero no le van a la zaga Laura Linney, Richard Gere, Rebecca Hall e incluso Chloë Sevigny, haciéndose valer en un rol secundario.

Este título se presenta como alternativa adulta a las propuestas navideñas de la cartelera, pero sus 120 minutos se pueden atragantar igual que una caja de polvorones.

Ficha Técnica en IMDB.

Artículo publicado originalmente en: Críticas de Cine de Eduardo Casanova.

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Crítica: Una Vida a lo Grande

La premisa es tan grande y el resultado tan pequeño que la nueva película del reputado director Alexander Payne (‘Entre copas’, ‘A propósito de Schmidt’, ‘Los descendientes’, ‘Nebraska’) decepciona enormemente las expectativas generadas. La sátira social que contiene se diluye en una historia cuyos alicientes se van desbravando paulatinamente, hasta resultar tediosa y alejarse de sus mejores intenciones.

Un científico noruego ha conseguido reducir a las personas a 12 centímetros de altura sin ningún tipo de secuela. En un momento en que la superpoblación mundial constituye un grave problema, ésta parece ser la solución ideal para economizar recursos. Rápidamente se crean ciudades en todo el mundo que proporcionan una vida tranquila y lujosa a los diminutos habitantes. A la vista de ello, un fisioterapeuta de Omaha y su esposa deciden embarcarse en tan prometedora e irreversible aventura.

Los primeros compases atraen la atención por lo chocante y sugerente de la propuesta, desarrollada en tono de comedia contenida con acertadas ironías, como la relativa a los recelos de quienes subestiman esta fórmula. Además, abre numerosas incógnitas acerca del devenir del protagonista en este hábitat miniaturizado. A pesar de que ya se aprecian unas transiciones demasiado largas en la sucesión de los acontecimientos, todavía eleva el interés cuando nos descubre la parte oscura de las colonias. En esos instantes cobran fuerza sus argumentos, apoyándose en el hecho de que la naturaleza humana tiende a repetir los errores en cualquier circunstancia, sin importar el tamaño.

Sin embargo, llegado a tal punto, menguan las ideas, el relato se rompe y toma un rumbo errático, perdiendo energía y atractivos. En este tramo, su advertencia sobre el riesgo que corremos al descuidar el medio ambiente se queda prácticamente en un pretexto sin recorrido. Tampoco el apartado romántico alcanza a tener una consistencia apreciable y va flirteando peligrosamente con la nadería, extendiendo el metraje innecesariamente hasta 135 minutos.

En cuanto a los aspectos técnicos, los efectos digitales no se lucen tanto como, a priori, era de esperar atendiendo a las oportunidades que brindaba el planteamiento de la trama.

En lo que se refiere al reparto, los actores cumplen sin descollar, porque la caracterización de los personajes que realiza el guion no permite muchos alardes. Matt Damon tiene oficio suficiente para sostener el film discretamente. Junto a él cabe destacar la presencia de la actriz tailandesa Hong Chau. El resto, donde encontramos a Christoph Waltz, Kristen Wiig, Udo Kier y Jason Sudeikis, entre otros, pasa sin pena ni gloria.

Ficha Técnica en IMDB.

Artículo publicado originalmente en: Críticas de Cine de Eduardo Casanova.

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Crítica: Se Armó el Belén

Esta cinta viene a corroborar que Sony Pictures Animation sigue estando lejísimos de competidoras como Disney Pixar y Blue Sky. Títulos olvidables como ‘Colegas en el bosque’, ‘Lluvia de albóndigas’, ‘Los pitufos’ y ‘Emoji: la película’ han marcado la pauta de su mediocridad, acentuada por la comparación con otras producciones del género. En esta ocasión la historia se queda en bienintencionada y oportuna si nos atenemos a la fecha del estreno. Más allá de eso y de su aceptable factura técnica, estamos ante una versión pueril y desangelada de la Natividad.

El film toma la perspectiva de Bo, un joven asno que consigue escaparse del molino al que está atado y acaba siendo acogido por la Virgen María, justo cuando ella y José están a punto de partir hacia Belén para empadronarse. Aunque en principio no les acompaña, al enterarse de que el sicario de Herodes la está buscando para matarla, emprenderá una carrera contrarreloj con el fin de salvarla, misión en la que colaborarán otros animales.

De inicio, se extiende demasiado en la introducción, dejando entrever ya las limitaciones de que adolece. Tanto el protagonista como sus compañeros de viaje resultan más superficiales de lo que hoy es habitual en este tipo de propuestas, basta con fijarse en la pizpireta oveja que se une a la aventura. Además, el humor está dirigido exclusivamente a niños pequeños, sin concesión alguna hacia los adultos, e incluso altera a voluntad referencias incuestionables de los hechos históricos en torno a los que gira el guion.

Solo los detalles que proporciona un esmerado diseño gráfico, apreciables sobre todo en el pelaje que lucen los personajes, merecen el reconocimiento que no es posible extender a otros apartados. Ni siquiera las canciones, una de ellas, ‘The Star’, a cargo de Maríah Carey (nominada al Globo de Oro), terminan de tener gancho, moviéndose entre melodías poco pegadizas.

El metraje no alcanza los 90 minutos y eso, cuanto menos, permite conferir una agilidad al relato (en ocasiones precipitación) que disuade cualquier amago de caer en el tedio.

Con la oferta familiar que estos días llena la cartelera, esta película se puede tomar como una última alternativa tras el visionado del resto y pensando básicamente en el público infantil.

Ficha Técnica en IMDB.

Artículo publicado originalmente en: Críticas de Cine de Eduardo Casanova.

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Crítica: Muchos Hijos, un Mono y un Castillo

Aunque se ha estrenado como documental, bien podría pasar por una comedia de ficción muy humana, recorrida por la nostalgia y salpicada de un humor negro que en ocasiones roza lo grotesco. El actor Gustavo Salmerón ha estado varios años grabando escenas familiares, centrando la mirada en su madre y además ha recuperado imágenes de archivo de antiguas cámaras de Super-8 para componer un largometraje que rebosa frescura y buenos sentimientos, dejando por el camino reflexiones inherentes a nuestra propia naturaleza. De manera que con esta obra, aparentemente tan personal, logra que calen en el espectador muchos de los pensamientos que en voz alta pronuncia su entrañable protagonista.

Lo que prácticamente desde el inicio se presenta como un cúmulo de anécdotas, algunas de tono escatológico y otras con marcados contrapuntos dramáticos, consigue captar rápidamente el interés del público por la arrolladora personalidad de Julita, la matriarca que atrae toda atención de los suyos, como si fuera la “mamma” de un clan italiano.

El film toma como pretexto para su desarrollo la búsqueda de las vértebras de la difunta abuela de esta octogenaria, escondidas en algún rincón de su casa, que soporta la afición de tan singular mujer a guardar infinidad de trastos y recuerdos. Esto ya da una idea de los matices estrafalarios que acompañan a la narración. A ello suma el hecho de que ella y su marido compraran un castillo del que se vieron obligados a desprenderse con la llegada de la crisis. Ambas referencias son los MacGuffins que espolean el relato para acercarse a temas universales a los que nadie escapa.

Poco a poco se va repasando su pasado con detalles identificadores de otros tiempos, a buen seguro reconocibles por gran parte de los espectadores. Así, de forma espontánea, construye la crónica de una vida con elementos que nos transportan varias décadas atrás, con mayor verosimilitud que cualquier episodio de la serie ‘Cuéntame’. Aguardan en el tramo final apartados especialmente emotivos, mostrados sin artificios, amen de pequeños y sorprendentes gags que surgen con naturalidad.

A lo largo del metraje, de 88 minutos, se aprecian altibajos puntuales, aun así parece quedarse corto a tenor del juego que dan los personajes, dejando gratas impresiones y la sensación de que el autor, interprete reconocido, es también un director con futuro.

Ficha Técnica en IMDB.

Artículo publicado originalmente en: Críticas de Cine de Eduardo Casanova.

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Crítica: Wonder Wheel

Cualquier largometraje de Woody Allen tiene siempre destellos de su genialidad y precisamente con ellos nos debemos de quedar en esta ocasión, aunque los encontremos en apartados muy localizados dentro de un film irregular en su conjunto. Esto no quita para recomendar el visionado a sus incondicionales, con la advertencia de que no estamos ante uno de los trabajos más brillantes que haya firmado, especialmente si se recuerdan las excelentes sensaciones que dejó ‘Café Society’ el pasado año.

La historia se mueve en los terrenos del melodrama clásico, aderezada con unos toques de cine negro. Ambientada en los años 50, son muy perceptibles las influencias de las obras de Tennessee Williams, tanto en lo que se refiere a los argumentos que maneja como a la ambientación y a las texturas teatrales de muchas secuencias. Por otra parte, también se advierten ligeros matices shakesperianos.

El escenario de la acción se circunscribe básicamente a la playa de Coney Island (Nueva York) y al popular parque de atracciones que se encuentra junto a la arena. En el mismo recinto viven una camarera y actriz frustrada, madre de un niño pirómano, y su esposo, que es el encargado del carrusel. La tensión que ya hay en el hogar aumenta cuando la hija de él, a quien buscan unos gánsteres, se instala allí. A ello se suma la irrupción en sus vidas de un apuesto socorrista.

La película dedica demasiado tiempo a la presentación de estos perdedores y a retratar el andamiaje emocional que les vincula, de manera que tarda en alcanzar el nudo del relato. Cuando lo hace, empieza a adquirir la intensidad esperada y el guion muestra sus mejores virtudes, elevando las cotas de suspense al tiempo que pone los cimientos narrativos para deparar un desenlace contundente y más desgarrador. Sin embargo, no es exactamente así y su resolución pierde la oportunidad de haber sido todo lo enérgica que merecía la trama, para quedarse en un término ajustado a lo que metafóricamente se apunta desde su título: ‘Wonder Wheel’ (noria).

Al margen de lo anterior, sería injusto no reconocer la espléndida dirección de fotografía de Vittorio Storaro (‘Apocalypse Now’), que llega a robar protagonismo a los propios actores, creando los ambientes adecuados y proporcionando un apreciable esplendor a las imágenes.

Kate Winslet realiza una enorme interpretación, digna de optar a los importantes premios cinematográficos que se librarán próximamente. A su lado, disfrutamos de un fantástico Jim Belushi y de los jóvenes y convincentes Juno Temple y Justin Timberlake, quien, al contrario de lo que podría pensarse, no es exactamente la proyección del director en la pantalla porque esta vez ese rol parece corresponderle al pequeño Jack Gore, encargado de encarnar a un travieso niño incendiario y cinéfilo a la par.

Ficha Técnica en IMDB.

Artículo publicado originalmente en: Críticas de Cine de Eduardo Casanova.

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Crítica: Ferninand

El cuento de Munro Leaf, que ya inspiró un cortometraje de Walt Disney en 1938, sirve de base a esta digna película de animación, con mensaje, humor y momentos brillantes; pese a que su factura técnica no sea especialmente deslumbrante. Al margen de ello, son muchos quienes han querido ver en esta producción básicamente una denuncia antitaurina. Sin embargo, quedarse con eso, supone obviar el valioso contenido que subyace en esta bienintencionada historia, pensada para el público infantil, destinatario principal de este estreno y de la obra que adapta.

Ferdinand es un becerro al que no le gusta embestir, prefiere contemplar las flores aunque le tilden de cobarde. Cuando consigue escapar de la finca donde está recluido es acogido por un granjero y su hija. En su nuevo hábitat podrá disfrutar de una vida apacible; pero la felicidad le durará poco y deberá enfrentarse al destino que le marca su naturaleza.

Sobre estos argumentos construye un relato que va de menos a más, introduciendo secuencias vibrantes y otras gratamente sorprendentes, como el duelo de bailes entre tres caballos de doma y el variopinto grupo de bóvidos entre los que se encuentra el protagonista. Sin decaer en ningún instante alcanza el movido tramo final que transcurre en Madrid. En el camino quedan aprovechables lecturas sobre aspectos como la amistad, el respeto por los seres que son diferentes a los demás y el rechazo a la violencia.

Por otra parte, suma alicientes con un elenco de secundarios, caracterizados en su mayoría para reforzar la comicidad de la cinta, con papel destacado para tres intrépidas comadrejas, a quienes se suman los equinos y los singulares astados, ilusionados con acabar enfrentándose en la arena a un ilustre torero.

La recreación de los lugares en los que la acción se desarrolla evidencia un conocimiento detallado de los escenarios reales. Así, inicialmente, resulta fácil identificar el puente de Ronda con la población al fondo y posteriormente, cuando se traslada a la capital de España, pasa por la Puerta de Alcalá, la estación de Atocha y la plaza de Las Ventas, además de incorporar detalles propios de la ciudad.

No obstante, también es innegable que, a pesar de la documentación que demuestra sobre el mundo de los toros, altera a voluntad algunas referencias clásicas para que encajen adecuadamente con el sentido que quiere darle a la narración.

Carlos Saldanha, codirector de ‘Ice Age: La edad de hielo’ (2009) y ‘Robots’ (2005) y responsable de ‘Rio’ (2011), vuelve a cumplir con las expectativas aun sin llegar al mismo grado de lucimiento y si bien, en conjunto, no supera la propuesta de Disney (‘Coco’), constituye una apreciable alternativa.

Ficha Técnica en IMDB.

Artículo publicado originalmente en: Críticas de Cine de Eduardo Casanova.

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