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Crítica: El sacrificio de un Ciervo Sagrado

Antes de mirar el elenco interpretativo de este título, llamativo sin duda, habría que fijarse en el nombre del director, Yorgos Lanthimos y saber que ha firmado películas tan reputadas e inclasificables como ‘Canino’ (2009) y ‘Langosta’ (2015). Estamos ante un cineasta que aplica una impronta de elegante surrealismo a cada historia que lleva a la pantalla y ésta no iba a ser menos. De ahí que quien no acepte ese tipo de propuestas tan originales y meritorias en determinados aspectos, como imposibles de entender desde parámetros convencionales, hará bien en abstenerse de acercarse a su proyección.

En esta ocasión nos presenta a un eminente cardiólogo que entabla amistad con el hijo adolescente de uno de sus pacientes, que murió cuando estaba siendo sometido a una operación a corazón abierto. Realmente el chico culpa al cirujano por la muerte de su padre y acaba augurándole terribles desgracias. Los funestos presagios comienzan a hacerse realidad cuando, repentinamente, el hijo del médico pierde la movilidad en las dos piernas.

Lo que mejor hace el film es crear el ambiente de permanente y creciente tensión psicológica que pide el guion para funcionar dignamente, dinamitando esa situación angustiosa con acontecimientos puntuales que descolocan por completo; un clima turbador que estalla con brotes violentos secos e inesperados.

Esa atmósfera, perfectamente lograda, contrasta con lo inexplicable de los hechos dramáticos y truculentos que se van sucediendo y también con ciertas reacciones difíciles de justificar de los protagonistas, lo que arrastrará al desquicio del espectador si busca darle un sentido lógico a todos los elementos del relato. En esa línea nos aboca a un desenlace áspero, extraño e incomodo, ajustado a cuanto le precede.

En otro orden de cosas, conviene señalar que abusa de la música atonal y estridente hasta resultar molesta, como si no tuviera ya bastante con las imágenes que, eso sí, responden a una cuidada dirección técnica.

El otro punto fuerte de tan singular producción pasa por el reparto, donde luce el temperamento que vuelca en su personaje Colin Farrell, llenándolo de matices. Frente a él, se ratifica como una promesa en firme el joven Barry Keoghan (‘Dunkerque’), más expresivo y hasta aterrador con sus miradas y gestos que con las palabras. Igualmente notable resulta la actuación de Nicole Kidman, destapando sus virtudes actorales en el rol de madre atormentada por lo que les ocurre a los suyos.

Estreno dirigido a los seguidores del realizador griego y a los amantes de las rarezas cinematográficas.

Ficha Técnica en IMDB.

Artículo publicado originalmente en: Críticas de Cine de Eduardo Casanova

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