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Crítica: El Viaje

Desde Reino Unido llega esta notable producción que, aun siendo la recreación aproximada de un hecho histórico reciente, consigue escenificar una trama política absorbente de principio a fin. Ello tiene más mérito si se toma en cuenta que lo hace pivotando fundamentalmente sobre dos personajes y basándose en sus largas conversaciones. Sin embargo, al contrario de lo que podría pensarse, rompe con la estructura narrativa puramente teatral mediante distintos recursos que oportunamente le confieren un apreciable dinamismo, aunque en algún momento se revelen un tanto forzados para alcanzar ese propósito.

La acción nos sitúa inicialmente en Saint Andrews (Escocia) en octubre de 2006. Allí se reúnen representantes de los unionistas protestantes y de los nacionalistas católicos de Irlanda del Norte para intentar alcanzar un acuerdo de paz, algo que parece imposible. Un imprevisto obligará a los líderes irreconciliables de ambos partidos a viajar en el mismo vehículo hasta el aeropuerto de Edimburgo, con la única compañía del chófer.

A poco que se tenga interés por el pacto que frenó un conflicto con miles de muertos a lo largo de varias décadas, el film nos pone en situación desde el inicio, captando la atención al presentar a los protagonistas con una rotunda personalidad y colocarlos en posiciones completamente antagónicas.

Más allá de esos instantes iniciales, debidamente documentados, donde Tony Blair intentaba ejercer de mediador, el guion acierta a componer una ficción que no debió ser muy diferente a lo ocurrido realmente en ese largo trayecto. Incluso, aprovecha los caracteres de tan singulares compañeros de viaje y las intervenciones puntuales del conductor para incorporar pinceladas de ironía y sarcasmo que le van bien al desarrollo de la película.

Así, sin renunciar a la sucesión de mutuos reproches por los horrores soportados por el pueblo norirlandés y partiendo de las ideas radicales de estos rivales eternos, logra hacer verosímil, de forma convincente, lo que parecía impensable: el acercamiento y la asunción de posturas racionales, a pesar de llevar su cara a cara a puntos de máxima y decisiva tensión.

Colm Meaney, como Martin MacGuiness, cabecilla del Sinn Féin y Timothy Spall, en el la piel de Ian Paisley, fundador del Partido Unionista Democrático, desarrollan un encomiable tour de force, pese a que en determinadas secuencias flirteen con lo caricaturesco. A ello se unen la solvencia de Freddie Highmore, en un agradecido rol secundario y la experiencia y el oficio del desaparecido John Hurt, en una de sus últimas interpretaciones.

Ficha Técnica en IMDB.

Artículo publicado originalmente en: Críticas de Cine de Eduardo Casanova.

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