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Crítica: Muchos Hijos, un Mono y un Castillo

Aunque se ha estrenado como documental, bien podría pasar por una comedia de ficción muy humana, recorrida por la nostalgia y salpicada de un humor negro que en ocasiones roza lo grotesco. El actor Gustavo Salmerón ha estado varios años grabando escenas familiares, centrando la mirada en su madre y además ha recuperado imágenes de archivo de antiguas cámaras de Super-8 para componer un largometraje que rebosa frescura y buenos sentimientos, dejando por el camino reflexiones inherentes a nuestra propia naturaleza. De manera que con esta obra, aparentemente tan personal, logra que calen en el espectador muchos de los pensamientos que en voz alta pronuncia su entrañable protagonista.

Lo que prácticamente desde el inicio se presenta como un cúmulo de anécdotas, algunas de tono escatológico y otras con marcados contrapuntos dramáticos, consigue captar rápidamente el interés del público por la arrolladora personalidad de Julita, la matriarca que atrae toda atención de los suyos, como si fuera la “mamma” de un clan italiano.

El film toma como pretexto para su desarrollo la búsqueda de las vértebras de la difunta abuela de esta octogenaria, escondidas en algún rincón de su casa, que soporta la afición de tan singular mujer a guardar infinidad de trastos y recuerdos. Esto ya da una idea de los matices estrafalarios que acompañan a la narración. A ello suma el hecho de que ella y su marido compraran un castillo del que se vieron obligados a desprenderse con la llegada de la crisis. Ambas referencias son los MacGuffins que espolean el relato para acercarse a temas universales a los que nadie escapa.

Poco a poco se va repasando su pasado con detalles identificadores de otros tiempos, a buen seguro reconocibles por gran parte de los espectadores. Así, de forma espontánea, construye la crónica de una vida con elementos que nos transportan varias décadas atrás, con mayor verosimilitud que cualquier episodio de la serie ‘Cuéntame’. Aguardan en el tramo final apartados especialmente emotivos, mostrados sin artificios, amen de pequeños y sorprendentes gags que surgen con naturalidad.

A lo largo del metraje, de 88 minutos, se aprecian altibajos puntuales, aun así parece quedarse corto a tenor del juego que dan los personajes, dejando gratas impresiones y la sensación de que el autor, interprete reconocido, es también un director con futuro.

Ficha Técnica en IMDB.

Artículo publicado originalmente en: Críticas de Cine de Eduardo Casanova.

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