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Crítica: Tierra Firme

Tras el éxito de crítica y premios, más que de público, de ‘10.000 KM’ (2014), Carlos Marqués-Marcet, presenta su siguiente largometraje que, pese a manejar argumentos diferentes, emparenta con el anterior en tanto que ambos tienen como eje situaciones muy actuales tratadas con originalidad. Aquí, el resultado es una película aparentemente ligera, e incluso da la sensación de ser algo frívola a la hora de abordar el conflicto alrededor del que gira, lo que le resta un ápice de fuerza para optimizar sus posibilidades y le priva de una mejor conexión con el espectador.

Nos presenta a una pareja de chicas instaladas en un barco que surca los canales de Londres. Su armoniosa y romántica relación comienza a resquebrajarse cuando una de ellas manifiesta su deseo de ser madre, lo que coincide con la visita de un amigo de Barcelona que podría ser el donante de esperma perfecto; algo que su compañera no ve con buenos ojos.

La realización opta por conferir al relato un tono marcadamente intimista y verosímil, tanto que reincide demasiado e innecesariamente en los detalles escatológicos de la convivencia diaria. Ello no quita para reconocer el trabajo volcado sobre los protagonistas, a quienes hace madurar a lo largo de la historia de forma palpable.

En el fondo le da una vuelta y un enfoque remozado a las pautas que siguen los melodramas en que se ven involucradas tres personas, además de hablarnos de los sentimientos y la responsabilidad que genera la maternidad. En este punto el guion acierta al contraponer esa posibilidad con la postura de eludir tal compromiso, bien sea por miedo o por comodidad.

Sobre esos mimbres va construyendo un entramado emocional de dudas y reproches, de tesituras delicadas que llevan a los personajes a bretes psicológicos, al tener que tomar decisiones difíciles e inaplazables. Estos valiosos aspectos se muestran con contención, naturalidad y sutileza, sin énfasis, dejándolos fluir, como la propia embarcación, escenario principal de la acción. No obstante, la falta de firmeza, aprovechando la metáfora del título, se convierte en una virtud y a la vez, en un pequeño lastre que le lleva a proyectar sus intenciones con tibieza.

En lo que se refiere al reparto, es indiscutible la apreciable química que aciertan a generar Oona Chaplin, David Verdaguer y Natalia Tena, ésta última en un papel especialmente exigente que aprovecha para dejar notas de quien es ya una joven y excelente actriz con un futuro muy prometedor. Por su parte, Geraldine Chaplin asume en la ficción el rol de madre de su propia hija en realidad, haciendo valer su buen oficio.

Ficha Técnica en IMDB.

Artículo publicado originalmente en: Críticas de Cine de Eduardo Casanova

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