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Crítica: Wonder Wheel

Cualquier largometraje de Woody Allen tiene siempre destellos de su genialidad y precisamente con ellos nos debemos de quedar en esta ocasión, aunque los encontremos en apartados muy localizados dentro de un film irregular en su conjunto. Esto no quita para recomendar el visionado a sus incondicionales, con la advertencia de que no estamos ante uno de los trabajos más brillantes que haya firmado, especialmente si se recuerdan las excelentes sensaciones que dejó ‘Café Society’ el pasado año.

La historia se mueve en los terrenos del melodrama clásico, aderezada con unos toques de cine negro. Ambientada en los años 50, son muy perceptibles las influencias de las obras de Tennessee Williams, tanto en lo que se refiere a los argumentos que maneja como a la ambientación y a las texturas teatrales de muchas secuencias. Por otra parte, también se advierten ligeros matices shakesperianos.

El escenario de la acción se circunscribe básicamente a la playa de Coney Island (Nueva York) y al popular parque de atracciones que se encuentra junto a la arena. En el mismo recinto viven una camarera y actriz frustrada, madre de un niño pirómano, y su esposo, que es el encargado del carrusel. La tensión que ya hay en el hogar aumenta cuando la hija de él, a quien buscan unos gánsteres, se instala allí. A ello se suma la irrupción en sus vidas de un apuesto socorrista.

La película dedica demasiado tiempo a la presentación de estos perdedores y a retratar el andamiaje emocional que les vincula, de manera que tarda en alcanzar el nudo del relato. Cuando lo hace, empieza a adquirir la intensidad esperada y el guion muestra sus mejores virtudes, elevando las cotas de suspense al tiempo que pone los cimientos narrativos para deparar un desenlace contundente y más desgarrador. Sin embargo, no es exactamente así y su resolución pierde la oportunidad de haber sido todo lo enérgica que merecía la trama, para quedarse en un término ajustado a lo que metafóricamente se apunta desde su título: ‘Wonder Wheel’ (noria).

Al margen de lo anterior, sería injusto no reconocer la espléndida dirección de fotografía de Vittorio Storaro (‘Apocalypse Now’), que llega a robar protagonismo a los propios actores, creando los ambientes adecuados y proporcionando un apreciable esplendor a las imágenes.

Kate Winslet realiza una enorme interpretación, digna de optar a los importantes premios cinematográficos que se librarán próximamente. A su lado, disfrutamos de un fantástico Jim Belushi y de los jóvenes y convincentes Juno Temple y Justin Timberlake, quien, al contrario de lo que podría pensarse, no es exactamente la proyección del director en la pantalla porque esta vez ese rol parece corresponderle al pequeño Jack Gore, encargado de encarnar a un travieso niño incendiario y cinéfilo a la par.

Ficha Técnica en IMDB.

Artículo publicado originalmente en: Críticas de Cine de Eduardo Casanova.

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