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Crítica | El arte de la amistad

Este acercamiento cinematográfico a la figura del pintor y escultor Alberto Giacometti depara una historia que parece impregnarse demasiado de su peculiar personalidad. Así, a través de un episodio muy localizado de su vida, nos encontramos con una narración a veces caótica, otras interesante y en ocasiones reiterativa, que parece obsesionarse, como el propio artista, por alcanzar una perfección imposible, solo que en el caso del film el resultado acaba siendo poco estimulante.

En 1964 el novelista y biógrafo estadounidense James Lord viajó a París con la intención de encontrarse con el genio suizo. Una vez allí, éste le pidió que posase para hacerle un retrato. Confiado en que sería cuestión de pocos días aceptó; pero las sesiones de trabajo se alargaron bastante, un tiempo que le serviría para conocer a fondo a su admirado amigo.

El guion parece excesivamente preocupado en mostrar el carácter desmesuradamente perfeccionista de esta celebridad, provocando un desasosiego en su invitado que se proyecta sobre el espectador. Tal desazón se genera a partir de una serie de situaciones que comienzan en el estudio de pintura y tienen continuidad en las diferentes charlas que ambos protagonistas mantienen mientras pasean por las calles de un cementerio. Especialmente, estas últimas secuencias suelen acabar en conversaciones ciertamente vacías y repetitivas.

Por otra parte, en lo que es un loable ejercicio de honestidad, nos muestra la cara frívola y canalla del reputado personaje. Esto, afortunadamente, sirve para incorporar un contrapunto de frescura al entrar en juego su joven y libertina amante, de la que se vale el relato para completar un cuadro absolutamente ilustrativo, incluso desmitificador, de la forma de ser de este bohemio; lo que no quita para señalar la endeble consistencia de sus argumentos.

Con todo, procede apuntar que la dirección artística y la fotografía cumplen con su cometido, arrojando unas texturas apropiadas e igualmente nada se puede reprochar al reparto: Geoffrey Rush realiza una convincente interpretación, haciendo asumibles los ribetes histriónicos de los que hace gala. Su contrapeso lo pone un sereno y flemático Armie Hammer, que también ejerce como elemento vertebrador y en ocasiones, como observador silencioso y necesario; mientras que el toque desenfadado lo pone Clémence Poésy.

Ficha Técnica en IMDB.

Artículo publicado originalmente en: Críticas de Cine de Eduardo Casanova

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