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Crítica | 120 Pulsaciones por Minuto

Premiada por el jurado y por la prensa internacional en el Festival de Cannes, esta producción francesa, candidata a 13 César, es difícil de recomendar. Y ello sin poner en duda sus valores, el interés que puedan despertar los hechos que recrea y los méritos artísticos que aglutina. No obstante, aun aceptando estas consideraciones, razones suficientes para justificar los galardones obtenidos, nos encontramos con una historia que peca de cíclica en determinados apartados y cuya puesta en escena alcanza una dureza visual que cuesta soportar en los compases finales, con unas imágenes demasiado explícitas y no siempre necesarias, que pueden herir la sensibilidad.

Nos lleva a principios de los 90, al seno de la organización Act Up París que un grupo de seropositivos había constituido poco antes con los objetivos de presionar a los políticos y a los laboratorios farmacéuticos para que aceleraran la aplicación de remedios eficaces contra el SIDA y de concienciar a la población sobre los riesgos y consecuencias del virus. En ese marco va centrando la atención en dos activistas que comienzan una relación sentimental.

Los compases iniciales, en los que la narración fluye con soltura, despiertan la atención del espectador. Asistir a las asambleas y acciones reivindicativas de estos jóvenes y a la desazón que sentían, así como, paralelamente, a la presentación de los protagonistas y de sus circunstancias, siembra el terreno para despertar elevadas expectativas; en mayor medida cuando la realización se mueve en terrenos muy verosímiles a través de la aparente espontaneidad de sus intérpretes.

Sin embargo, el guion entra en una especie de bucle y carga el metraje (140 minutos), hasta que intenta oxigenarse con los apasionados encuentros de una pareja de gays que viven su romance desde perspectivas diferentes. Pese a ello, este paulatino cambio de inclinación, del relato coral al personal, sin abandonar completamente ninguno, se realiza de forma brusca y en ocasiones el desarrollo de la película se dispersa en detalles insustanciales y transiciones desangeladas.

Finalmente nos aboca a un desenlace que se ve venir con bastante antelación, además de ilustrarnos sobre los estragos de la enfermedad de manera contundente y dejar para el último tramo ciertas secuencias verdaderamente desagradables.

En el apartado artístico resulta incuestionable la implicación total del argentino Nahuel Pérez Biscayart, una actuación descollante digna de los mayores elogios. Junto a él, son reseñables las participaciones de Arnaud Valois y Adèle Haenel (‘La chica desconocida’).

Ficha Técnica en IMDB.

Artículo publicado originalmente en: Críticas de Cine de Eduardo Casanova

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