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Crítica | La forma del Agua

Guillermo del Toro firma esta extraordinaria película en la que se conjugan los ingredientes característicos de su filmografía con la maestría de la premiada ‘El laberinto del fauno’ (2006), su otra gran obra. Estamos ante una historia que seduce desde los instantes iniciales, sea en clave de thriller o como un bonito cuento romántico. Nada falla en la puesta en escena y así logra meternos de lleno en unos escenarios que pronto ponen de manifiesto su relevancia.

La acción se sitúa en plena Guerra Fría y nos presenta a Elisa, una joven del servicio de limpieza de un centro de investigación del Gobierno. Sus relaciones sociales se han visto condicionadas por el hecho de ser muda, al punto de contar únicamente con la amistad de una compañera de trabajo y de su solitario vecino. Todo cambia cuando conoce al extraño ser que se custodia en el laboratorio: un humanoide anfibio.

Basta con escuchar los primeros compases de la deliciosa banda sonora compuesta por Alexandre Desplat y atender a la breve pero seductora introducción, mediante una voz en off, para engancharnos al relato que va a comenzar.

Esas altas expectativas que despierta su apertura se ven corroboradas de inmediato. Con encomiable agilidad, perfila adecuadamente a los protagonistas, dejando claro el lugar que ocupa cada uno y avanzando el sentido que tomará la trama. A poco que se piense, los argumentos que la sustentan, al margen de la fantasía de que esta imbuida, no son especialmente complejos y denotan cierta inspiración en obras clásicas, como ‘La bella y la bestia’. Precisamente ahí radica buena parte del mérito de esta producción, en darles una envoltura tan atractiva que nos mantiene atentos a la pantalla de principio a fin.

Su poesía visual, acicalada con moderadas notas de realismo mágico, proporcionan secuencias hechizantes, igual que vibrante, dramática y tensa resulta la intriga en otros momentos.

Los apartados técnicos son determinantes en las apreciables excelencias de la cinta. La dirección artística no solo nos traslada a los albores de los 60, sino que además escoge las localizaciones adecuadas. Sin aplicar recursos deslumbrantes, crea las atmósferas propicias y evidencia la minuciosidad con que se han tratado hasta los más mínimos detalles, a ello se suma la notable labor de vestuario y la fotografía, que le da a las imágenes un cierto aroma a cine negro de los 50, pese a ser en color.

Sally Hawkins, que ya había ido dejando excelentes muestras de su elevada talla interpretativa en títulos como ‘Happy, un cuento sobre la felicidad’ (2008), ‘Blue Jasmine’ (2013) y ‘Maudie, el color de la vida’ (2016), borda este papel e irradia ternura, delicadeza y buenos sentimientos. El resto del plantel brilla prácticamente a la misma altura: Richard Jenkins está sobresaliente en un rol lleno de matices; Octavia Spencer se aproxima mucho a su personaje de ‘Criadas y señoras’ (2011), que le valió el Óscar a la mejor actriz secundaria y Michael Shannon encarna al necesario villano con rotundidad y convicción, sin caer en los excesos. A ellos se une el imprescindible Michael Stuhlbarg; mientras que a Doug Jones lo intuimos tras la ceñida piel de ese singular espécimen que parece descendiente de la criatura de ‘La mujer y el monstruo’ (1954).

Otro estreno recomendable que se incorpora a una cartelera pletórica de ofertas irresistibles en estos días.

Ficha Técnica en IMDB.

Artículo publicado originalmente en: Críticas de Cine de Eduardo Casanova

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