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Crítica | Yo Tonya

El biopic de la patinadora Tonya Harding se presenta como un falso documental que da paso a un intenso y notable drama personal. Pese a que lejos de Estados Unidos su historia no tuvo demasiada repercusión, la caracterización que hace el film de los personajes, prácticamente desde la introducción, que también sirve para adelantar su eje argumental, genera inevitablemente la curiosidad del espectador por esta figura.

Después del breve preámbulo, en el que nos ofrecen sus testimonios los distintos implicados en el incidente que manchó la carrera deportiva de la protagonista, justo cuando estaba llegando a la cima del éxito, la acción se remonta a mediados de los 70. Así vemos como, siendo una niña, fue admitida en una escuela de patinaje sobre hielo por la insistencia de su absorbente, severa y antipática madre. Su entorno pronto se completa cuando, tras un pequeño salto temporal, introduce a su pareja y futuro marido, un maltratador despreciable.

En este marco es fácil compadecerse de la joven, anulada y amargada fuera de la competición por quienes eran sus “seres queridos”. El guion maneja bien los hechos porque, en buena parte, el suceso que coloca en el centro de la trama es prácticamente un pretexto para abrir una perspectiva más amplia del fracaso del sueño americano. Esa sensación de estar tan cerca de tocar el cielo para precipitarse al abismo se proyecta sobre el público y multiplica el interés por el devenir de los acontecimientos.

Cuando la intriga da un giro y empieza a tomar el cariz de un thriller, importa poco la resolución ya que básicamente se traduce en otra carga psicológica añadida a la que ha de hacer frente esta mujer desgraciada. Ello no supone restar emociones al relato, antes al contrario, solo que traslada las inquietudes de la investigación policial a la incertidumbre sobre la selección del equipo olímpico y sobre si sería capaz de ejecutar correctamente sus arriesgadas coreografías.

Tampoco debe pasar desapercibido un elemento de denuncia sobre el clasismo presente en estas esferas, en donde las chicas humildes o que no se ajustan a la exquisitez en su imagen parecen relegadas desde el inicio.

Junto al loable trabajo de maquillaje y peluquería y la acertada selección de canciones de la época, es incontestable el excelente reparto: Margot Robbie (‘El lobo de Wall Street’), se distancia del glamur que suele lucir en la pantalla y realiza una espléndida interpretación de ese auténtico juguete roto que encarna, lo que le ha valido una justa nominación al Óscar. No menos extraordinaria resulta Allison Janney, que borda un registro espeluznante. Finalmente, se deben aplaudir las intervenciones de Sebastian Stan, un monstruo con la engañosa apariencia de hombre sensible y del orondo Paul Walter Houser, que pone algunas notas de humor negro.

Ficha Técnica en IMDB.

Artículo publicado originalmente en: Críticas de Cine de Eduardo Casanova

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