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Mes: junio 2018

Crítica | Sweet Country

Avalada por magníficas críticas y el Premio Especial del Jurado del Festival de Venecia, entre otros galardones, se estrena este wéstern australiano cuyo visionado hace dudar de las razones que fundamentan tantos reconocimientos, más allá de sus excelencias técnicas. El loable realismo que se percibe en cada secuencia choca con el ritmo narrativo pusilánime que incluso se torna exasperante en los compases finales.

La acción se sitúa en los áridos parajes de Australia a mediados de los años 20. Allí se instala un veterano de guerra que no ha superado los traumas padecidos durante su paso por el frente de batalla. Su vecino, un predicador, accede a cederle a sus aborígenes para que le ayuden a reparar la cerca de su rancho. Poco a poco el recién llegado se dejará llevar por la ira y por sus prejuicios racistas, provocando una tragedia que obligará a huir a los nativos.

La puesta en escena tiene el tono de las historias crepusculares del género y unos loables visos de verosimilitud. En este marco es meritorio como, partiendo de un caso singular, exhibe una denuncia contundente sobre la opresión que padecieron los originarios habitantes de las antípodas, despojados de sus tierras y además esclavizados por el hombre blanco; un tema que pocas veces ha merecido la atención cinematográfica.

Las vastas y tórridas localizaciones naturales en las que transcurre el relato juegan un rol determinante a la hora de transmitir las angustiosas sensaciones que padecen los protagonistas cuando intentan escapar de la justicia, a lo cual contribuye la ausencia de música, que constituye un acierto en ese sentido.

Es una lástima que con tan apreciables mimbres, el tempo con el que se desarrollan los acontecimientos resulte irregular, dando la sensación de atascarse en distintos momentos, a lo que también coadyuva el carácter taciturno de los personajes, restando capacidad de impacto a las últimas e inesperadas secuencias.

El reparto al completo rinde a un nivel excelente, tanto en lo que toca a los veteranos conocidos, entre quienes encontramos a Sam Neill y a Bryan Brown, como a los actores no profesionales, Hamilton Morris y Natassia Gorey Furber, que conducen buena parte del film de manera muy convincente.

Ficha Técnica en IMDB.

Artículo publicado originalmente en: Críticas de Cine de Eduardo Casanova

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Crítica | Las Estrellas de Cine No Mueren en Liverpool

Drama, romance y nostalgia componen los pilares de la historia real que este film lleva a la pantalla. Con tacto y sensibilidad, apoyado en su notable dirección artística y unas fantásticas interpretaciones, ofrece un relato hermoso y triste, con interés añadido para los cinéfilos.

En el otoño de 1981 la veterana actriz Gloria Grahame se encontraba en Lancaster (Inglaterra) participando en una obra teatral cuando cayó terriblemente enferma a consecuencia del cáncer que padecía. Tras negarse a permanecer hospitalizada, recurrió a su último y gran amor, un actor principiante, 30 años más joven, quien la alojó en casa de sus padres en Liverpool.

Sin obviar la delicada situación en torno a la cual gira la película, estamos fundamentalmente ante un sentido repaso a la sincera y romántica relación de dos personas procedentes de mundos diferentes cuyas barreras rompió la pasión que sentían mutuamente. Para ello el guion se vale de largos flashbacks, introducidos de forma intermitente, a través de transiciones bien estudiadas. Mediante esta fórmula la narración fluye ligera y se dinamiza con cada secuencia hasta llegar a la resolución esperada, precedida de un emotivo y bellísimo momento partiendo de los versos de ‘Romeo y Julieta’.

Aporta también el retrato de lo que fue una diva de Hollywood en horas bajas, extrapolable a muchísimos casos que no siempre supieron soportar el verse lejos de los focos y las portadas. En ese aspecto, es loable la caracterización que realiza de la protagonista, que como artista no ha perdido la vanidad ni el ego propio de su profesión y tiene presentes los recuerdos de aquellos días de éxitos y glamour, ahora lejanos.

El diseño de producción, sin intentar deslumbrar, porque tampoco procede, acompaña perfectamente al resto de virtuosos apartados de la cinta, incluyendo la acertada selección de canciones que conforman la banda sonora.

Annette Bening está extraordinaria y domina completamente la escena, haciendo gala del magnetismo de la estrella que encarna e implicándose plenamente a la hora de mostrar su cara amarga y dolorosa. Muy meritoriamente, Jamie Bell no solo mantiene el tipo sino que acierta a generar la complicidad precisa con su reputada compañera. No desentonan, en roles secundarios, Julie Walters, Kenneth Cranham y Vanessa Redgrave en una pequeña intervención.

Ficha Técnica en IMDB.

Artículo publicado originalmente en: Críticas de Cine de Eduardo Casanova

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