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Etiqueta: Emily Mortimer

Crítica | The Party

Aun partiendo de un texto original para el cine, prácticamente el espectador se va a encontrar con una representación teatral en clave de comedia mordaz que tiene algunos altibajos. El guion maneja ideas loables y muy adecuadas con el fin de escenificar sus auténticos y corrosivos propósitos; sin embargo, en ocasiones se pierde en discusiones densas que le restan chispa y ralentizan el desarrollo de los acontecimientos, a pesar de que el metraje no supera los 70 minutos.

La nueva ministra de Sanidad, con motivo de su nombramiento, organiza una reunión de amigos en casa. Entre los participantes, además del esposo de la anfitriona, aparentemente ajeno a la celebración y absorto en sus pensamientos, se encuentran una pareja de lesbianas, un ejecutivo de las finanzas bastante alterado y su mejor amiga, cuyo marido es aficionado a la medicina natural. Distintas circunstancias enrarecerán el ambiente hasta cotas insospechadas.

En este marco, se suceden pequeños incidentes que sirven para ir destapando el lado agrio y cínico de las debilidades humanas, dejando al aire elocuentes muestras de hipocresía social y personal. Para ello se vale del sarcasmo y del drama matizado con la ironía, de forma que los personajes se van poniendo en ridículo, al tiempo que se atisban la dianas que subyacen en las intenciones de esta historia. Las envidas, falsas apariencias y rencillas soterradas en los círculos más cercanos, el feminismo mal entendido, la infidelidad, las vilezas que provoca el dinero y hasta las listas de espera en la atención sanitaria (también se dan en el Reino Unido) son puestos en solfa, al principio de manera contenida y después demasiado exagerada, con hechuras tragicómicas propias de un sainete, pero sin dejar títere con cabeza.

Con todo, queda lejos de alcanzar las cotas sublimes que tal planteamiento merecía, coqueteando con la bufonada, sensación compensada con su inesperado desenlace, a modo de gag eficaz y resolutivo.

El blanco y negro confiere un tono de calidez a las imágenes que permite al espectador colocarse en la posición de invitado invisible.

En el reparto destacan especialmente Kristin Scott Thomas, Timothy Spall y Cillian Murphy, pese a que sus papeles evolucionan a registros histriónicos. Otros cumplen correctamente, como Patricia Clarkson, Emily Mortimer, Bruno Ganz y Cherry Jones.

Ficha Técnica en IMDB.

Artículo publicado originalmente en: Críticas de Cine de Eduardo Casanova

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Crítica: El Sentido de un Final

La adaptación del libro homónimo de Julian Barnes nos deja un correcto drama intimista, recorrido por la nostalgia hacia los sentimientos y traumas que dejan huella para siempre. Se echa en falta, sin embargo, que ese tono contenido impida una eclosión más rotunda de los argumentos que maneja, bien trenzados pero todavía más aprovechables en la gran pantalla. Ritesh Batra, realizador de la premiada y notabilísima ‘The Lunchbox’ (2013), ha optado por mantener una línea narrativa similar, aunque en aquella funcionaba sensiblemente mejor.

Nos presenta a un hombre solitario, divorciado y a punto de ser abuelo, dedicado a sus quehaceres rutinarios. Un día recibe la noticia de que la madre de quien fue su primer amor, le ha dejado en herencia el diario de un compañero de estudios universitarios que se quedó con su novia. La posibilidad de que pueda esconder la clave de los sucesos que le marcaron entonces, le llevará a revivir y a enfrentarse a las decisiones que tomó 40 años atrás.

La película navega bien entre las indagaciones del protagonista, en búsqueda de una ansiada expiación y los recuerdos de su juventud; estos últimos salpicados de acontecimientos que van elevando el interés por el devenir de la trama y por saber lo que se esconde detrás de ciertos hechos de tintes trágicos. Por otra parte, para dotar de alicientes su situación actual, dibuja convenientemente el entorno de este personaje, introduciendo la relación con su exmujer, a quien le confiesa secretos que nunca le había contado y con su hija embarazada, dando entidad a estos secundarios y dejando para la parte final un esperado reencuentro.

Es en el último tramo del film donde a medida que vamos conociendo más detalles de ese pasado, nunca enterrado y de como reaparece para converger con el presente, cuando, por fin, se perciben las emociones con el alcance debido para cerrar un círculo y poner el broche satisfactorio a que se refiere el título.

Aunque técnicamente no aprovecha los escenarios londinenses ni su mirada retrospectiva hacia los 60 para lucirse visualmente, compensa estos apartados con el equipo artístico, destacando los tres nombres que encabezan el reparto: un magnífico Jim Broadent, espléndido a la hora de dar profundidad a los maduros perfiles que asume; Charlotte Rampling, dominadora absoluta de los papeles melodramáticos, como vuelve a demostrar aquí, y la también veterana Harriet Walter. A ellos se suman las pequeñas intervenciones de unos muy correctos Emily Mortimer y Matthew Goode. Menos convincentes resultan los jóvenes Billy Howle y Freya Mayor a quienes les gana la partida el prometedor Joe Alwyn (‘Billy Lynn’), pese a que su participación sea más limitada.

Ficha Técnica en IMDB.

Artículo publicado originalmente en: Críticas de Cine de Eduardo Casanova.

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Crítica: La Librería

De la mano de Isabel Coixet llega a la cartelera la adaptación de la novela homónima de Penélope Fitzgerald. El resultado es una película delicada y hermosa; un relato de emociones contenidas y a la vez, un retrato inteligente y mordaz de la hipocresía social en una pequeña comunidad de los años 50, que sigue siendo de plena actualidad.

Florence Green es una mujer resuelta y de buen corazón que no puede olvidar a su marido, fallecido en la guerra, con quien compartía la pasión por la lectura. Para recuperar las ilusiones perdidas proyecta abrir una librería en el pequeño pueblo en el que vive, pero su sueño chocará con los caprichosos intereses de la mujer más rica de la zona.

La historia transcurre de forma lineal pero sin atascarse en ningún momento. La presentación de los diferentes personajes que intervienen en la trama se realiza a fuego lento, con sutileza y acompañada de los detalles que les confieren la rotunda personalidad que esconden bajo su fachada. En ese microuniverso encontramos seres afables y bondadosos, como la protagonista; otros rudos y simples; los hay, por supuesto, prepotentes y manipuladores y hasta algún tipo inteligente que ha decidido vivir lejos del mundanal ruido. Así, logra dibujar un cuadro bien reconocible a poco que se mire alrededor, donde el guion consigue asignar a cada participante un papel esencial.

Tras completar esta fase, centra adecuadamente su argumento: el choque entre, por un lado, el pensamiento idealista y bienintencionado, en este caso en pro de la cultura, y los propósitos arbitrarios y tiránicos, por otro. Tal confrontación, además de mostrarse sin estridencias destacables, se acompaña del esbozo de un romance imposible, escenificado con detalles de indudable calado emotivo vinculados a las afinidades afectivas y a la melancolía de la soledad.

La producción también se beneficia de las excelencias técnicas que evidencian las imágenes: desde la atrayente selección de escenarios a la fotografía que los lleva a la pantalla, pasando por el vestuario y la notable ambientación que se aprecia en cada secuencia.

Emily Mortimer le pone encanto y dulzura a su papel y acaba por ablandar y seducir al espectador casi sin quererlo. Patricia Clarkson tira de experiencia para componer un carácter repulsivo, mientras que Bill Nighy está extraordinario en su rol de misántropo a la fuerza; sin olvidar el desparpajo de la jovencísima Honor Kneafseay.

Sería mucho decir que es lo mejor de la directora si atendemos a su extensa y granada filmografía, pero si lo circunscribimos a los últimos trabajos, desde luego que sí.

Ficha técnica IMDB.

Artículo publicado originalmente en: Críticas de Cine de Eduardo Casanov

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